Ser Oferta Profesional

En otros tiempos había tiempo, había padres, había abuelos que sentaban en su regazo a los nietos y les contaban innumerables historias, con las que no sólo se favorecía la fantasía del niño, sino que el propio abuelo podía volver a sentirse joven y vital siendo, muchas veces, el protagonista de increíbles hazañas. Soñar para crear, crear para crecer… Así surgían vocaciones, orientaciones, imaginarios.

La vocación solo es una intención. Busca abrirse paso en contextos que mutan todo el tiempo y ofrecen luces, sombras y atajos. La inteligencia de esa búsqueda se verifica en sus resultados. Luego de pasar por ilusiones, obstáculos, desánimos, incertidumbres, autoestimas, obras y derrumbes, el camino la lleva al destino. O no era ese el camino.

“La simplicidad es la mayor sofisticación” segun nos dejó Leonardo Da Vinci. Recoge el guante Fredy Kofman en una interpretación personal: “my job is not what I do, but the goal I pursue”. En español: mi trabajo no es lo que hago, sino el objeto que persigo. Esto se los decía a sus alumnos universitarios. Así, un formador no enseña nada sino que colabora en el aprendizaje de sus alumnos. Está a su servicio en esa maravillosa tarea de descubrir nuevas fronteras en la exuberante magnitud del siendo humano. Esa es la vocación docente llegando a destino. Encontrando su oferta profesional.

Trabajo y Servicio
Uno de los grandes problemas empresariales del mundo es la tensión entre las necesidades de flexibilidad que tienen todas las organizaciones con las de seguridad y estabilidad que necesitamos los individuos. Entonces aparece una sentencia, no tan novedosa como vigente: nuestra mayor fuente de seguridad no es un empleo garantido por un determinado empleador, sino la que proviene de nuestra propia empleabilidad. Esto incluye a nuestro espíritu y dones emprendedores. O, desde otro lugar, nuestra oferta hecha servicio.
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El mapa de la suerte

  Una de mis fuentes intelectuales, Arturo Jauretche, en su antológico “Manual de zonceras argentinas” (1968), avivó a la gilada respecto de conceptos que se habían convertido en axiomas en su difusión reiterada por años y que traían alguna (oculta) intención de grabarse en el inconsciente colectivo como rectores de un satus quo, incuestionables, certeros, inequívocos per se.   

Como ya te he contado antes, el Modelo del Observador refiere que las creencias están asociadas con emociones, las explican, y éstas, a su vez, con acciones que, repetidas, constituyen las conductas humanas. Para ejemplo, citaré dos de las propuestas originales de don Arturo.

  Cómo te sentirías si ves un mapamundi plano rediseñado de manera que América del Sur esté en el centro y no en el extremo inferior izquierdo?. Haz el esfuerzo, trata de dibujarlo a mano alzada, por favor. Qué te parece?. No estás resistiendo a un orden geomagnético, solo cambiando una representación gráfica histórica. No es una locura: el historiador Arno Peters presentó en 1974 a la ONU (y fue aprobado por ésta) un mapamundi que guarda las proporciones correctas entre los distintos bloques continentales, luego de proyectar una forma esférica sobre un plano. Aquí debajo están comparados el modelo habitual (Mercator) con el de Peters. Para qué fue distorsionado?. Por qué Europa aparece destacada?. Por qué la América del Norte prevalece sobre la sureña?. Si alguna duda quedare, y te interesa, te invito a buscar los datos de las superficies respectivas (extensiones en kilómetros cuadrados) y compararlas. Allí se terminan las especulaciones. Parece una estupidez, pero por algún motivo no lo es. Acaso inocentes descuidos?. Intenciones de constituir un “centro del mundo”?.

  
Modelo Mercator y Modelo Peters

 Qué pensarías de un bravo trabajador alemán del norte si lo trasladaras a un campo de Tucumán (en el norte de Argentina) y quisieras hacerlo trabajar al sol y los cincuenta grados centígrados de las tardes del mes de enero?. Sería un vago o un hombre razonable, si se sumara a la siesta norteña de acá?.

  Tus percepciones son como carteles ruteros. Te indican la orientación, el ritmo de marcha, te ubican espacialmente, cuán lejos estás del destino… y todas esas son referencias para tus estados emocionales y anímicos. El cartel no cambia nada respecto de tu lugar y tu destino, pero sí lo hace tu sensación al interpretarlo. Por eso hay países “naturalmente” centrales y otros periféricos y hay gente que trabaja y progresa y otros, vagos incurables.

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Ser Eficiente

Cuando una empresa contrata a una persona suele formalizarse un contrato legal en el que constan las funciones que ésta va a desempeñar y los honorarios que va a percibir por ello. Pero hay otro contrato, que no se firma y del que, normalmente, poco o nada se habla, y es clave en el rendimiento profesional del nuevo empleado. Es el contrato psicológico: un listado de acuerdos tácitos y expectativas que sostiene su motivación para la eficiencia y eficacia en esa organización. Allí hay información recibida, percepciones de la cultura ambiental, desafíos, anhelos y más. Ambas partes lo sellan con sus intenciones.

Ante la pérdida de algo que valoramos como importante, experimentamos un proceso de duelo con varias fases, que van de la sorpresa a la serenidad, pasando por estaciones intermedias: negación, ira, tristeza, miedo, aceptación/ resignación. Dependiendo de la estimación sobre esa pérdida, la templanza de la persona que la sufre y de los apoyos que reciba, ese duelo dura más o menos tiempo y se observa una variada escala de secuelas.

Le sucede a muchas personas que, cuando sienten que se ha dañado o roto su contrato psicológico, se quedan estancadas en la fase de ira. Luego, si no hay canales de descarga rápida, puede que eso se convierta en resentimiento y esa situación comienza a dejar huellas en varios niveles. Por ejemplo en el nivel cognitivo, afectando a la capacidad de atención, la memoria o la toma de decisiones. También, en el afectivo, con influencia en las relaciones o en el estado fisiológico.

Permanecer y transcurrir en una función no siempre es garantía de probidad y eficacia. Puede serlo para la repetición de estándares, pero los seres humanos somos más que la búsqueda de “eso”. La rutina tiene sus propias características, más allá de los tiempos y las formas con que se la enmascare. El sentido de estar en una función, comprender el paraqué y vivirlo a diario, es la única manera de evitar que aquella tome posesión y tiña de gris la escena. De otro modo, la eficiencia per se no es eficaz en el tiempo. Si todo cambia y se mueve, lo que está siempre igual se va quedando…

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Las dos caras de tu moneda

Probablemente, alguna vez te hayas sentido contrariado cuando, después de haber ayudado, acompañado o facilitado las cosas a alguien de tu cercanía, esa persona no tuvo correspondencia o actitud similar hacia tu persona. Varias emociones desfilaron por el momento: enojo, tristeza, sorpresa, angustia. Tal vez te preguntaste el porqué, buscaste en tu memoria alguna prueba de culpa propia que pudiera justificar aquello o, simplemente, dejaste salir una catarata de malos pensamientos hacia tu “verdugo”. Quizás, hasta lo hayas comentado con alguien más y, lejos de apaciguarte, juntos doblaron la apuesta. “La gente está cada vez peor”, “no hay que hacerle favores a nadie”, “y encima, tienen suerte…”.

En cualquier acto de intercambio hay dos etapas: dar y recibir. No hay más. El acto de dar se completa con su recepción. Se abre allí una posibilidad, y no más que eso, de una futura inversión de roles. Pensar como natural lo que no lo es forma parte de una construcción (o una adopción mental) de un estado mercantilista, utilitario, de tus relaciones. Algo así como que lo que haces tiene precio antes que valor. Entonces calibras lo que viene con la vara de lo que fue. O, tal vez peor, de lo que puede venir. Ese es un vicio muy común de este tiempo: estar atravesado por las expectativas de la propia percepción, anclado en el barro de un río que se mueve con poca fluidez.

El filósofo inglés Thomas Hobbes escribió en su “Leviatán” (1668) que “la vida humana es solitaria, pobre, brutal y breve… Cada quien tiene la libertad de utilizar su poder para garantizar la auto-conservación. Cuando una persona se da cuenta de que no puede seguir viviendo en un estado de guerra civil continua, surge la ley  natural que limita al hombre a no realizar ningún acto que atente contra su vida o la de otros. De esto deriva otra ley de la Naturaleza: cada hombre renuncia o transfiere su derecho, mediante un pacto o convenio, a un poder absoluto que le garantice un estado de paz”. Llámalo Dios, Estado… o algún (otro) vicio.
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Emprendabilidad

“La simplicidad es la mayor sofisticación” (Leonardo Da Vinci).

               Nos ha tocado vivir una época muy desafiante. Muchas veces estamos puestos a prueba en situaciones para las que no hemos sido preparados o alertados. El campo laboral-profesional es uno de los más expuestos a las influencias generales, que impactan con lógicas propias y no siempre fácilmente comprensibles.

              Uno de los grandes problemas empresariales del mundo es la tensión entre las necesidades de flexibilidad que tienen todas las organizaciones con las de seguridad y estabilidad que necesitamos los individuos. Cómo manejarnos en esa escena?. Yo creo en una sentencia, no tan novedosa como vigente: nuestra mayor fuente de seguridad no está un empleo garantido por un determinado empleador, sino que proviene de nuestra propia empleabilidad. Esto incluye a nuestro espíritu y dones emprendedores.

              Las posibles causas de pérdida de un empleo o contrato son diversas: reestructuraciones, ahorros de costos, quiebras, incompatibilidades personales, etc.. Sin embargo, a todas ellas las cruza, en algún grado, la escasa o nula aportación de valor profesional percibido por la organización o la contraparte. Es necesario, por tanto, que el profesional diseñe y gestione su propia carrera como si se tratara de un proyecto de emprendeduría. Lo es, bajo todo análisis. Es su emprendabilidad.

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Desde el ambiente educativo, o formativo, en general, han ido surgiendo algunas preguntas que intentan encontrar respuestas a estas inquietudes. Facilitar algunas estrategias y tácticas para mejorar la “construcción” de las personas-profesionales y así aportar a consolidar su integralidad ante los paradigmas emergentes. Para quien pueda, después, ser un ingeniero, un vendedor de salón o un reparador de motores.

 

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El Talento y la ciencia de la efi

Kaizen es un vocablo japonés que significa algo así como “un cambio hacia lo mejor o lo bueno”. Es más conocido como el término que explica una filosofía de gestión que pone el acento en un proceso eficiente para obtener resultados efectivos. Originada en la posguerra, condujo a los hombres y mujeres de ese país a no desesperar por obtener logros en la reconstrucción de su país. Había que hacer mucho en todos los campos: personal, familiar, económico, político, estructural… Las presiones y la ansiedad podían llevar a estrellar las intenciones una y otra vez, y cargarlas en el inventario de la salud social.

Entonces, abrevando en su cultura milenaria, mostraron al mundo los beneficios de cuidar la calidad del proceso, los detalles y las formas, para proteger el fondo de lo que buscaban. Es su modelo de mejora continua en términos económico-productivos. Si se mejora el proceso, cada vez será mejor el resultado. Será una consecuencia natural. Es una de las miradas sobre la eficiencia en la gestión.

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Muchos años después, a principio de los ´90, de uno de los claustros del mítico Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) surgió una teoría concurrente en sus fines con Kaizen. Fue bautizada Teoría Lean, remitiendo a algo “magro”, sin grasas. Se refería a la búsqueda de eficiencia en los procesos productivos, postulando que había que aliviarlos de “la grasa” que los empastaba. Esto es, evitar todas aquellas acciones que no fueran críticas en el devenir planeado, las que fueron englobadas en el concepto de “desperdicios”. De otro modo, más técnico, se las identificó como las que agregan Costos sin generar más Valor.

 

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Qué te estás contando?

Días atrás estaba reunido con jóvenes que ejercen una disciplina deportiva y surgieron algunos de esos juicios tan duros que suelen manejar las personas que están entregadas a una práctica competitiva. Así, desfilaron el éxito y el fracaso, el deseo de superar a un rival, el desánimo en la derrota o en el bajo nivel personal, el sentimiento personalista en medio de una actividad grupal por esencia, etc., etc. Digo juicios duros por lo encarnados que están más que por su fortaleza intrínseca. Tales juicios son lo que son porque han tenido mucha y continua prensa.

Les ofrecí trabajar esta cosa jodida que tenemos los coaches de enfocarnos en los resultados esperados. Ganas de complicarle la vida a quienes la llevan como pueden y con tanto esfuerzo… Y de sus propias entrañas fueron apareciendo sensaciones distintas.

Hablamos de la competencia con los propios condicionantes antes que contra alguien, de cómo revertir un enojo con inteligencia básica (práctica), del disfrute de compartir (renovado, a pesar de años de compartir), de lo que se pierde cuando se pierde y lo que se gana cuando se gana, de las libertades que no están (pero nadie las tiene escondidas), del sentido de un equipo cuando se le da el escaso valor de grupo (escaso respecto del valor de un equipo), de la conciencia de pertenencia (o no), de las conversaciones pendientes y hasta del espacio responsable del director técnico.

Al fin, les dejé una pregunta, serpenteante entre sus pies: cuando hablan de “éxito” o “fracaso”, se animan a identificarlos como los resultados que han creado ustedes mismos?.

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